El Tour de Francia nació un 1 de julio de 1903. Con bicicletas de un peso de entre 15 y 20kg, la primera edición de la que ha llegado a convertirse en uno de los referentes de las competiciones de resistencia de todo el planeta, partía con sesenta protagonistas que tenían por delante seis días con recorridos de 400km de media cada uno y en los que se invertirían entre catorce y dieciocho horas de pedaleo por etapa. De todos ellos, únicamente veintiuno llegaron a cruzar la línea de meta con el ganador, Maurice Garin, alcanzando el primer puesto tras 94h33’14’’. Todos fueron héroes.

En aquellos momentos el entrenamiento estaba basado en el ensayo-error, siempre que los deportistas pudiesen permitirse el lujo de prepararse mínimamente. Aquellos sí eran “Los forzados de la carretera”, como luego recogió en su magnífico libro Albert Londres al relatar el Tour de 1924.

Llegados a la década de los setenta, un teórico del deporte llamado L. Matvéev propuso lo que sería una de las mayores aportaciones para la mejora del rendimiento: la periodización del entrenamiento deportivo, basada en las adaptaciones que el organismo debía de ir experimentando durante la temporada con la alternancia del volumen, la intensidad y el descanso como ejes sobre los que llegar al máximo rendimiento del deportista. Todavía hoy se siguen utilizando sus propuestas en algunos deportes de resistencia.

En base a las propuestas del teórico ruso Matvéev y de la ciencia del deporte actual, ¿qué es preciso tener en cuenta para lograr una planificación bien estructurada? Veamos. Si alguno de aquellos héroes de 1903 fuese fichado hoy por un equipo profesional de ciclismo, sería planificada su temporada en dos bloques bien diferenciados. Uno, la etapa inicial (la fase de base), en la que los entrenamientos estarían dirigidos a preparar al organismo para entrenar más y mejor. Y dos, la etapa en la que se buscaría llegar en óptimas condiciones al gran objetivo del año (la fase competitiva), en la que se entrena al organismo para competir al máximo de sus posibilidades.

Recién estrenado el 2015 y con gran cantidad de deportistas marcando en rojo las fechas mágicas en las que competir, en primer lugar se hace preciso que las intensidades de las sesiones de la etapa de base sean mayoritariamente bajas y medias. Con ello se consigue desarrollar la vía metabólica que más cantidad de energía aporta durante cualquier prueba de resistencia disputada durante horas: la oxidación de las grasas.

Cualquier deportista de resistencia ha de optimizar al máximo esa fuente energética y gracias a ello, alcanzar su máximo rendimiento. Aportando cifras, los ciclistas y triatletas de élite llegan a cantidades de entre 0,7 y 1,2 gramos de consumo (combustión) de grasa por minuto durante sus entrenamientos y competiciones. De esa forma consiguen ahorrar la otra fuente energética principal, la que les permite los esfuerzos de máxima intensidad: la de los hidratos de carbono (mucho más escasa en reservas que la de las grasas).

Algo más que los sesenta protagonistas del Tour inicial deberían de tener en cuenta hoy en día sería que en el inicio de la temporada necesitarían centrarse en la mejora de la técnica del gesto deportivo ya que un parámetro esencial para llegar al máximo nivel de cada persona es la eficiencia durante su esfuerzo, esto es, la relación entre la energía que se gasta para correr, pedalear o nadar y la velocidad a la que se corre, pedalea o nada. Y gracias a que en la primera fase del año los entrenamientos son principalmente a bajas y medias intensidades, es posible aprender a controlar mejor cada movimiento y en definitiva, es posible mejorar la técnica.

Al tiempo que se desarrolla el metabolismo de las grasas y se mejora la técnica, en la primera parte de la temporada se consolidan todas las estructuras corporales (articulaciones, tendones, ligamentos y músculos) gracias a las que en la segunda fase se podrá entrenar con mayor exigencia y competir al máximo.

A todo ello hemos de unir que el comienzo de la temporada es el momento óptimo para reducir el peso corporal (en porcentaje de grasa) dado que las competiciones están todavía lejos de celebrarse y que la baja y media intensidad del entrenamiento posibilita desarrollar sesiones cada vez más prolongadas (en distancia o tiempo) con el consiguiente beneficio paralelo para el metabolismo de las grasas.

Finalmente, en lo que sí que habría coincidido Maurice Garin, aquel primer ganador del Tour, con Matvéev y los deportistas que entrenan planificadamente hoy en día, habría sido en el carácter socializador que tiene el deporte, máxime en esta primera fase del entrenamiento de la temporada en la que los esfuerzos relativamente cómodos a nivel de intensidad dan la oportunidad de conversar con los compañeros y compañeras de entrenamiento. Seguro que tras aquellos 2428km del primer Tour los sesenta héroes que tomaron la salida tuvieron muchas historias que contar a todos los que después compartieron unos kilómetros pedaleando con ellos.

Texto: José Ramón Callén Rodríguez.

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