Cada mañana Haile Gebrselassie se levantaba para ir al colegio como cualquier niño de su edad. Tras un escueto desayuno y con los libros como compañía, el noveno hijo de una familia de campesinos recorría los diez kilómetros que le separaban del lugar donde debía estudiar. Allí, a 2000 metros de altura, tras finalizar las clases, el mismo recorrido le esperaba en la otra dirección y de nuevo, corriendo descalzo.

Años antes de que naciese ese etíope, referente mundial de las pruebas de fondo, se habían celebrado los Juegos Olímpicos de México en 1968. La situación de ese evento tenía algo de peculiar: la ciudad donde se celebrarían la mayoría de competiciones está colgada a 2240 metros sobre el nivel del mar. Comenzaba la batalla por el oxígeno.

En un primer momento se apostó por construir centros de alto rendimiento por todo el mundo para simular las condiciones del aire a esas cotas: la presión de oxígeno es menor y por ello, que ese componente clave para la vida y para el deporte llegue a los músculos se transforma en una tarea más complicada que a nivel del mar. Pero los deportistas debían habituarse a rendir allá arriba, a la altura en la que se jugarían las medallas.

Con las investigaciones se observaba que a partir de siete días de estancia en altura se conseguían adaptaciones en los glóbulos rojos que favorecían la oxigenación de los músculos. Se pensó: si los deportistas entrenan con déficit de oxígeno y su organismo es capaz de optimizar su utilización, cuando bajen al nivel del mar, con más cantidad de ese elemento en el aire, se rendirá más.

Y así, miles de atletas de todas las especialidades comenzaron a subir a las montañas para enseñar a su cuerpo a captar más de ese “oro invisible”. Sin embargo, los grandes pensadores del deporte se dieron cuenta de algo: si falta oxígeno no es posible llegar a una intensidad tan elevada como si ese elemento es abundante. Por lo tanto, si se entrena en cotas altas la calidad de un entrenamiento es menor. Los grandes centros deportivos en altura comenzaron a temblar.

En una época en la que la mejora del rendimiento de cualquier deportista se mide fundamentalmente por la calidad (intensidad) de sus sesiones (frente a la importancia de la cantidad, el tiempo o kilometraje, de hace años) que éstas no lleguen a ser tan efectivas por la imposibilidad de llegar a la exigencia adecuada produjo el que se cuestionasen las concentraciones a más de 1600m de altitud (cota a partir de la que la presión de oxígeno comienza a sentirse en el organismo de forma significativa).

Y entonces la gran cuestión: ¿cómo beneficiarse del efecto favorable de la falta de oxígeno que se respira en altura al mismo tiempo que se obtiene el beneficio de entrenar a la intensidad óptima? La respuesta estaba en la combinación de ambos factores.

En aquellos Juegos Olímpicos de México, el dominio africano en las pruebas de fondo comenzó el largo camino que ha mantenido hasta nuestros días, dejando a cualquier atleta blanco como un mero espectador mientras los etíopes y keniatas se hacen con las medallas.

Y precisamente fue un vecino de Haile, un keniata, Amos Biwott, en los 3000 metros obstáculos quien inició ese dominio incontestable con el que Gebrselassie creció y soñó. Y al tiempo que el sonriente etíope iba sumando plusmarcas mundiales una detrás de otra, se iba descubriendo paralelamente cómo combinar ambos factores, cómo unir altura e intensidad, cómo captar más oxígeno y al mismo tiempo cómo ejercitarse con la máxima calidad: ese protocolo se acuñó con el término “entrena abajo y descansa arriba”.

Desde entonces, lugares como la isla de Tenerife son un referente por la posibilidad que ofrecen de conseguir la combinación perfecta. Un ejemplo son los deportistas profesionales que se concentran en el Parador Nacional a más de 2000m de altitud. Desde allí en unos pocos minutos pueden estar a nivel del mar, donde entrenan a las intensidades adecuadas para mejorar su rendimiento, consiguiendo la máxima calidad en cada sesión. Al acabar su esfuerzo físico descansan allá arriba, sobre las nubes, mientras sus organismos fabrican más glóbulos rojos por la escasa cantidad de oxígeno del aire, cuando la intensidad de sus movimientos ya no importa, cuando sólo interesa enseñar a sus cuerpos a aprovechar mejor cada mililitro de ese “oro invisible” respirado.

Entrenar abajo y descansar arriba es una tendencia que ha sido demostrada como efectiva. Claro está que no tan eficaz como la forma en la que etíopes y keniatas viven cada día de sus vidas, esa con la que entrenó, descansó y creció Gebrselassie. Gracias a haber nacido ya en las altiplanicies de Etiopía, Haile partió con la ventaja de estar adaptado a correr rodeado de poco oxígeno. Luego, fiel a su sueño de ser Campeón Olímpico, el atleta de la eterna sonrisa comenzó a hacer de sus recorridos al colegio un puro entrenamiento y de sus pies descalzos pasó a sus zapatillas voladoras para conquistar un record tras otro, siempre agradecido al lugar en el que nació, siempre sonriendo en cada uno de sus pasos, dentro y fuera de las pistas.

Texto: José Ramón Callén Rodríguez.

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