Cien billones. Una cifra que es incluso difícil de llegar a imaginar. Un número que se complica cuando ha de ser calculado. Cien billones. Ese es el número de células que forman el organismo humano. Cien billones de pequeñas piezas vivas que, relacionándose unas con otras, hacen posible que el cuerpo de cualquier persona funcione.

No es extraño que, en ocasiones, ese gran conjunto de órganos, tejidos y reacciones químicas ofrezca sensaciones contradictorias a las que se esperan de él en el entrenamiento o la competición. Sensaciones que tienen que ver con el sistema nervioso, el lugar desde el que todo es controlado.

Para ese control, cuando tiene que guiar algunas de las respuestas involuntarias en nuestro interior, el sistema nervioso (SN) se estudia separándolo en SN simpático (SNS) y SN parasimpático (SNP). Ambos regulan cómo algunos puntos clave para el rendimiento del deportista van actuando. En general, todas las reacciones que desencadena el SN simpático están relacionadas con la “lucha”, con el incremento de la actividad, con el esfuerzo, con la tensión. Por el contrario, la mayoría de reacciones puestas en marcha por el SN parasimpático en el organismo tienen que ver con la relajación, con la tranquilidad, con la recuperación.

Veamos algunos ejemplos. El SNS necesita únicamente entre 3 y 5 segundos para multiplicar por dos la frecuencia cardiaca, algo que en el caso de la presión arterial consigue en tan sólo 10-15’’. Así mismo, el aumento de la fuerza o del incremento del gasto de energía por parte de los músculos (consumiendo glucógeno y grasas) también se produce por la activación del SNS. Sin embargo, el SNP es el encargado de dar la señal para reducir la frecuencia cardiaca y la respiratoria o de almacenar glucógeno en el hígado.

Durante una sesión de entrenamiento, el objetivo fundamental es estimular a los diferentes sistemas (cardiovascular, circulatorio, respiratorio, metabólico), tejidos (sobre todo el muscular) y otras estructuras (huesos, articulaciones, tendones, ligamentos) para conseguir en ellas la fatiga adecuada. En esas horas de esfuerzo, el sistema nervioso simpático será el gran protagonista, haciendo posible la activación necesaria como para llegar a las intensidades propuestas para esa sesión, bien sea en forma de frecuencia cardiaca, vatios o tiempos de paso.

Pero el entrenamiento ha de ser entendido como una relación continua entre trabajo y descanso. Por ello, una vez que las horas en la piscina, sobre la bicicleta o corriendo hayan terminado, llega el momento de recuperar, de que el organismo se regenere y se prepare para la siguiente carga. Llega el momento por lo tanto de que entre en escena el sistema nervioso parasimpático.

A lo largo de un proceso de entrenamiento, los días de mayor y menor exigencia se van combinando. Esto es totalmente necesario. Pero, ¿cómo puede ser que, tras un día de descanso total, la sensación de fatiga pueda ser mayor al ponerse de nuevo en marcha? Sencillo. El día sin carga ha dejado las puertas abiertas para que el sistema nervioso parasimpático repare, recargue y relaje ese combinado de 100 billones de células.

La cuestión radica en que, cuando nuestro cuerpo detecta el final del esfuerzo, el SNP comienza a actuar para recuperarnos, pero el grado de “desconexión” puede ser tan elevado que al llegar de nuevo el entrenamiento, volver a poner todos los sistemas en marcha puede suponer más tiempo del esperado. El parasimpático habrá actuado durante toda la jornada de descanso. Consecuencia: demasiado relax.

Para prevenir ese estado de letargo al inicio de una sesión, basta con mantener una ligera actividad el día(s) de recuperación o completar un entrenamiento muy suave, totalmente regenerativo. Así lo hacen en el Tour. Para no sufrir los efectos de la desconexión producida por el SNP en los dos días de descanso de la ronda gala, los ciclistas pedalean entre 60-100 kilómetros para movilizar al organismo y no encontrarse con “piernas de madera” en el inicio de la etapa siguiente.

Por supuesto, la misma dinámica ha de seguirse antes de un Ironman. Durante la última semana, mejor hacer sesiones de carácter regenerativo, muy cómodas, de corta duración e intensidades variadas, que permanecer en la total inactividad que deje la puerta abierta al SNP. Y es que, tras preparar durante meses a 100 billones de células para el Gran Día, sería una lástima que por un pequeño detalle no se disfrutase al máximo de la experiencia que implica retarse con el Día de la Competición.

Texto: José Ramón Callén Rodríguez.

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